¿De que dios son los ojos bordados en los textiles indígenas? – Mario E. Fuente Cid

Publicado: 26 marzo, 2017 de Guadalupe Rivera en Artes, Ciencias, Ensayos, Textos
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¿De que dios son los ojos bordados en los textiles indígenas?

Mario E. Fuente Cid

Y porque e bisto por bista de ojos que los yndios generalmente en estas probincias andan desnudos en carnes y tan solamente traen un pedazo de corteza de arbol torcida que llaman mastate cubiertas sus berguensas y las indias asi mesmo andan en carnes de la cintura arriba lo cual es cosa yndesente para rremedio desto: hordeno y mando a los d[ic]hos governadores y alcandes que como oficiales de rrepublica estos suelen andar bestidos y cubiertas sus carnes aunque a su modo, obliguen de la mesma manera a los demas yndios e yndias de cada uno de sus pueblos a que agan de bestir calsones y ropillas de tela de algodón y las yndias sus naguas y capirotes como las traen las criadas de la gente española y que sino fuere cuando estubieren en los trabajos del campo no se desnuden y no lo compliendo los castiguen con penas leves de azotes y no lo bisite castigue a los unos y a los otros…”

Ordenanza Real en torno a la manera de vestir de los indígenas, en “Orígenes etnohistóricos de los trajes indígenas de Guatemala, período 1542-1682”, Rita Mireya Estrada Menéndez, Tesis de Licenciatura en Antropología, 1998, Universidad de San Carlos, Guatemala, p. 62

Espero que este texto sea lo más breve posible, el tema que voy a abordar en él, la historicidad de los textiles indígenas en América, es complejo y merece ser desarrollado de manera larga y tendida. Aun así he decidido escribir este pequeño ensayo en respuesta a una poderosa imagen que circula estos días en las Redes Antisociales. Se trata de una foto que muestra una mujer mayor indígena, con un letrero que versa “Los Tejidos son los libros que no pudo quemar la colonia”. La Fotografía a la fecha se ha compartido 9,787 veces; la frase es de tal profundidad que seguramente este número crecerá en las próximas horas.

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A pesar de su evidente fuerza no puedo dejar de mostrame incómodo con el supuesto mensaje transmitido. Como historiador me he especializado en las primeras décadas de la implantación del Imperio Español en nuestro continente y eso me ha adentrado en los siglos anteriores a la Conquista, un periodo que los arqueólogos llaman simplonamente “Posclásico”. Ha sido esta relación la que me ha llevado a descubrir aspectos sorprendentes de la vida indígena en la época colonial temprana (1517-1550) y que no son puestos sobre la mesa, por que siempre es más fácil vender una historia de buenos contra malos, que presentar a las sociedades novohispanas en su complejidad.

A la par de mi formación arqueohistórica, e incluso varios años antes de iniciar esta, como adherente de la Sexta he aprendido de nuestras caminatas con los pueblos indígenas en lucha, he callado para escuchar sus demandas y sus dignas rabias y he compartido mi poca o mucha solidaridad. Es por esta razón que, sobre mis temas de investigación, decidí alejarlo temporalmente y no convertir en “objetos de estudio” a los pueblos que me han permitido caminar junto a ellos.

Y justo ahora mis aprendizajes sobre la Conquista y la Colonia se entretejen, nunca mejor dicho, con los imaginarios bucólicos, escencialistas, nostálgicos e idílicos que muchas personas tienen sobre los pueblos indígenas.

Debo advertir desde el ya que lo que escribo aquí seguramente no sea del agrado de todos, pero es parte de los resultados de varios años de investigación. A mí más que a nadie me hubiera gustado creer que la frase “Los tejidos son los libros que no pudo quemar la colonia” es una verdad a la que puedo aferrarme. Pero como científico social yo baso mi experiencia y sustento mis investigaciones en verdades históricas, no en creencias, indago más allá del gusto personal, lo hago por que creo que la Historia, como Ciencia Social, es necesaria.

Hay que entender que todo lo que creemos saber sobre nuestro pasado novohispánico y prehispánico ha sido escrito y difundido por historiadores y arqueólogos. En la gran mayoría de estos casos estas historias han sido construidas para apuntalar un Estado Nacional, y las instituciones de las que estas historias emanan, llámense UNAM o INAH, han sido financiadas, organizadas y creadas para tal fin, su carácter nacionalista es tan evidente que ambas instituciones llevan esta palabra en su nombre.

Por supuesto que en estas instituciones existen científicos sociales comprometidos con la construcción de un México otro. Pero ellos han pagado con la censura el costo de difundir investigaciones que contradicen la ideología de estado.

Uno de estos grupos de científicos sociales es el, ahora clausurado, Seminario de Estudios para la Descolonización de México, fundado por Rubén Bonifaz Nuño. Bonifaz también fundó y fue director del Instituto de Investigaciones Filológica de la UNAM, la biblioteca de ese instituto hoy lleva su nombre. Rubén Bonifaz Nuño es pues maestro de maestros. Su libro Hombres y serpientes: iconografía olmeca, en donde desmonta la invención de los Olmecas por los ideólogos del Estado Miguel Covarrubias, Alfonso Caso y Wigberto J. Moreno, me cambió la manera de entender a las sociedades prehispánicas y debería ser lectura esencial para los estudiantes de Arqueología e Historia.

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Hace no mucho tiempo un grupo de estudiantes de Arqueología nos solicitó un espacio en nuestro cubículo para depositar las donaciones que la UNAM les había dado para un coloquio que estaban organizando. Grande fue mi sorpresa cuando descubrí entre esas donaciones varias decenas del libro de Bonifaz Hombres y Serpientes. Copias nuevas en las que era evidente el amarillamiento y polvo de años de embodegamiento. Esto era, y es, a todas luces un acto de censura terrible y tremendo. No había de extrañarnos que la UNAM, una institución que se jacta de haberse fundado desde tiempos de la Nueva España, ocultara deliberadamente libros que atentaban contra su ideología de Estado. Los autos de fe y el fuego que condenaban los libros al olvido eran ahora emparedamientos disimulado con falta de interés, mejor presentados y menos dramáticos que la hoguera, una censura del estilo “Te publico, pero no permito que te lean”.

Aunque yo no tuve la fortuna de conocer personalmente a Rubén Bonifaz Nuño, sí conocí a uno de los miembros de su seminario, Itzá Eduave, a quien por casualidad conocí no en un seminario académico, sino en Xochistlahuaca, Guerrero, en el marco de unas jornadas de talleres que compartimos con el pueblo Ñomdaa’ y no fue hasta después que nos reconocimos como investigadores de la Colonia y el Postclásico.

Fue precisamente en Suljaa’, cuyo nombre colonial es Xochistlahuaca, que tuve un acercamiento muy otro con los textiles indígenas. Ahí, además de emprender un proyecto de defensa de su lengua y autonomía mediante la Radio Ñomdaa’, varias tejedoras se habían organizado para formar una cooperativa que les permitiera vender sus textiles de forma justa, fuera de las redes de coyotaje o cacicazgo político priista que impera en su comunidad.

Nuestra labor en Suljaa’ era la de compartir talleres de cuentos, pigmentos naturales y encuadernación. Los compañeros Ñomdaa’, cuyo nombre colonial es Amuzgos, nos ayudaban a transcribir en su propia lengua los cuentos que nos habían contado algunas personas mayores. Fue ahí que Eduarda, tejedora, me enseñó una de las lecciones más importantes de mi vida, algo que no iba a aprender en ninguna universidad. Cuando yo me acerqué a preguntarle si ella sabía escribir ñomdaa’, ella me respondió “¿Yo?, yo escribo con mi telar”.

El telar es el invento más importante de la humanidad

En ese momento entendí que el telar es el invento más importante de la humanidad y que esta importancia no sólo recaía en establecer un entendimiento con la naturaleza al saber que fibras son mejores y que cosas dan ciertos colores, ni saber que los textiles protegen nuestro débil cuerpo humano, ni comprender que tejer implica un razonamiento lógico-matemático de tal densidad que pueden derivar en complejos sistemas numéricos, nemotécnicos o de escritura. El telar eran importante por todo eso, pero principalmente, por que en él estaba escrita la historia de la humanidad.

Una de las cosas que más me llamó la atención fue un patrón heráldico, este era el del águila bicéfala reivindicada orgullosamente por los ñomdaa’. Este diseño me llamó poderosamente, por que yo, como oaxaqueño y como viajero, lo había visto ya en otros lugares, entre diferentes pueblos pero siempre repitiendo la misma figura: un águila de dos cabezas. Mi curiosidad se multiplicó cuando escuché historias del origen de esa águila y pensé ¿Estaré en el lugar mítico del origen de ese diseño? ¿Esta águila se habrá originado aquí y difundido entre Wirrarikas, Ñuu Savis, Ñatoos o Rarámuris, o su origen se encontrará en un lugar muy diferente?

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Fuente: flickriver

Habría también otra forma de hacer esta pregunta y esta es ¿La imagen actual de los pueblos indígenas es la misma imagen de antes de la conquista? O ¿Será verdad que los textiles son los libros que la colonia no pudo quemar? Aunque formuladas bajo premisas distintas todas estas preguntas comparten algo en común, se pregunta de un pueblo por los cambios y permanencias a lo largo del tiempo, y el papel que los pueblos y las personas tienen en estos cambios y continuidades, esto es lo que llamamos historicidad.

Si algo aprendí en la escuela de Antropología es que poco, muy poco, realmente casi nada, de lo que nosotros consideramos una herencia indígena tiene que ver con una herencia prehispánica. No es que no haya una herencia real, es que la forma colonial impactó de una forma tan brutal en este continente que lo que hoy tenemos por tradicional fue forjado durante la colonia, luego de destruir el sustrato prehispánico y remplazarlo con formas occidentales.

Y si algo aprendí con los pueblos mismos es que muchos de esos cambios, aunque los hubo traumáticos, fueron conducidos por los mismos pueblos. Es decir que como seres históricos no sólo “padecemos” nuestra situación histórica, sino que respondemos ante ella y actuamos en consecuencia a ella. Los pueblos indígenas y no indígenas, las personas, los seres humanos pues, somos agentes de la historia, de nuestra propia historia, no devenimos en su cause como guiados por destinos trágicos prescritos de antemano por los dioses de arriba y ante los cuales los mortales no podemos sino atenernos a su cruel designio. El ¡Ya Basta! Zapatista de 1994 es una de las muestras más claras de esto.

El águila bicéfala también es resultado de esto, y otros ejemplos sobran. No es este un diseño prehispánico, ni vamos a encontrar el origen de este patrón en las sociedades anteriores a la conquista, aunque hay que decirlo, sí existen uno o dos sellos prehispánicos que contienen una imagen similar, pero la importancia de este diseño es tan marginal en un universo de miles de iconos prehispánicos que no puede decirse que proviene de ahí.

Las sociedades prehispánicas tenían un mundo zoológico tan basto que decir que tenían como animal heráldico tal o cual cosa, sea un águila o un jaguar, es un argumento que amputa y reduce a la simpleza una cosmología que apenas estamos empezando a entender. Por ejemplo entre los mayas prehispánicos hay tiburones, monos, ranas, zopilotes, entre los mixtecos hay mariposas, tortugas, venados, entre los zapotecos buhos, murciélagos, entre los huastecos y totonacos hay conejos, patos, cien-pies y por supuesto hay muchos animales que se encuentran en más de una cultura, uno de ellos es la serpiente.

Sin embargo sí hay una cultura en la que el águila bicéfala representa un animal de suprema importancia, pero esta no es una cultura americana, se trata de la Española. En esta cultura invasora sólo existía un símbolo más importante que esta águila: La Cruz. Y yo me atrevería a decir que el Águila Bicéfala era tan importante como la Cruz y esto es por que este escudo representa la casa real de los Habsburgo, la dinastía real a la que pertenecía el emperador Carlos I de España y V de Alemania, casa real a la que Hernán Cortés sometió a las poblaciones americanas, convirtiéndolas en súbditas y tributarias del naciente Imperio Español.

En las láminas iniciales del Lienzo de Tlaxcala tenemos, en primer plano y ocupando la proporción más grande de todo el cuadro, un águila bicéfala de los Habsburgo, debajo de ella la Santa Cruz y a sus lados las autoridades españolas e indígenas. Todo el conjunto simboliza la alianza tejida entre estos dos bandos. En las páginas subsiguientes puede verse, según la propia versión indígena, la historia de la participación tlaxcalteca en la conquista. Ellos se dibujan al frente, en los primeros planos, los españoles a veces están representados en proporciones menores. Son los Tlaxcaltecas los protagonistas.

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Lienzo de Tlaxcala

En el Lienzo de Quauhquechollan, datado cerca de 1530, puede volver a verse esta escena. El águila bicéfala ocupa un lugar privilegiado y representa el pacto entre conquistadores indígenas y conquistadores españoles. En el resto de la lámina se narra, igualmente, las andanzas de quauhquecholtecas en pro de conquistas para el Imperio Español. Es curioso que en este caso los “indios amigos”, c0mo se les llamaban, se representen con penacho, pero emblanquecidos, barbados y con ropas españolas. En cambio los enemigos a vencer son más morenos y su vestimenta es diferente.

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Lienzo de Quauhquechollan

Lo que estos códices nos muestran es que algo cambió entre las poblaciones indígenas muy pronto y muy rápido luego de la Conquista. Estas poblaciones fueron incorporadas, subsumidas, muy rápido al Imperio Español, y lo hicieron como súbditos. Aunque hayan ocupado el escalón más bajo de la pirámide colonial, ellos no dejaban de considerarse y reivindicarse como súbditos de la corona española, cosa que por ejemplo no sucedía con las poblaciones esclavas africanas.

Retomando la premisa inicial, los textiles quizá no fueron quemados durante la colonia, que sí fueron pero eso ya lo leeremos más abajo, pero como libros, como contenedores de saberes, fueron suplantados y desdibujados para incorporar los nuevos símbolos de la Conquista Española. La aparición constante del águila bicéfala en los textiles indígenas es la muestra más clara de esta articulación política entre Corona Española y Pueblos de Indios y no es muestra de ninguna continuidad del pasado prehispánico en los actuales bordados y tejidos de los pueblos indígenas.

Tomen cualquier códice prehispánico, como la matrícula de tributos o las genealogías mixtecas (el Zouche-Nuttall por ejemplo) y verán como los diseños y patrones del periodo precolonial tienen poquísimo que ver con las actuales vestimentas y textiles de los pueblos indígenas.

Lo que es peor, la vestimenta sirvió como una agente conquistador para implantar la nueva dominación. Es común encontrar, entre los archivos más tempranos del siglo XVI, un conjunto de peticiones al virrey de la Nueva España en las cuales los indígenas principales, los jefes políticos de los Pueblos de Indios, solicitan permiso para vestir a la usanza española. Este cambio del vestido puede verse muy bien en varios códices coloniales, como el Techialoyan de Cuajimalpa. Es muy común encontrar que en las representaciones coloniales de los indígenas, dibujadas por ellos mismos, se incorpore un elemento que, a juzgar por la iconografía de los siglos anteriores, no existía, y este es el ahora llamado “tradicional” calzón de manta, que suplantó al “taparrabos” o maxtlatl, situación que es totalmente acorde a la Ordenanza citada y que abre este ensayo.

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Códice Techialoyan de Cuajimalpa

En el Lienzo de Quauhquechollan también está reflejado este cambio de las peticiones que encontramos en los archivos, los conquistadores indígenas se representan vestidos y más blancos y los atacantes tienen las piernas desnudas, usan maxtlatl, y son más morenos.

La nueva vestimenta implico una colonización del cuerpo

La nueva vestimenta implico una colonización del cuerpo, una sustitución de valores que van desde los dibujos bordados hasta lo que es considerado necesario “ser vestido”. Esta conquista del cuerpo se dio más bien suplantando o creando nuevas prendas, y no sólo destruyendo o desterrando al olvido a las anteriores. Por ejemplo los huaraches eran prácticamente inexistentes, la mayoría de la gente andaba descalza. Los materiales de los huaraches modernos, el cuero de res, el metal de grapas o clavos y la llanta de carro o avión, no aparecieron sino hasta muchísimo tiempo después. A pesar de esto los huaraches están inmediatamente asociados al indígena arquetípico.

Para mí fue una gran sorpresa encontrarme que entre los Pima de Sonora una de las pocas “vestimentas tradicionales” que sobrevivían era el velo en la cabeza de las mujeres. Cuando les preguntamos sobre su significado ellas nos contestaron que era el velo de la virgen. De esta misma manera la vestimenta tradicional de las mujeres wirrarika está más cercana a la Virgen María y al periodo Habsburgo, águilas bicéfalas de por medio, que a la llamada Coatlicuhe.

Sobre las poblaciones indígenas americanas, tomadas por pecadoras incivilizadas, fueron aplicadas políticas de control del cuerpo. Para arrancar el pecado, el indio fue sexualizado a la usanza cristiana. Es muy probable que la mayoría de las prendas femeninas modernas para cubrir el torso ni siquiera hayan existido en épocas prehispánicas, y las que sí, que casos hay, debían ser usadas solamente como una especie de capa, dejando ver los pechos de las mujeres debajo de ellas, como lo muestran los códices mixtecos o la misma imagen de la diosa Tlazolteotl, por cierto, investigada por Itzá Eduave. A partir de la Colonia, las indígenas concebirían su cuerpo con una nueva vergüenza traída desde Europa.

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Tlazolteotl, Códice Laud

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Señora 7 Hierba, Códice Zouche-Nutall

Nosotros no solemos contar con la suerte de Perú o Chile, en donde el árido desierto ha conservado increíbles prendas de cientos y miles de años de antigüedad, permitiendo a los científicos entender la urdimbre, la trama y la composición química de los teñidos. En el Norte de México hay algunos casos conservados, pero las personas a las que pertenecieron esas vestimentas desaparecieron hace mucho tiempo atrás. En la actualidad contamos con escazísimos ejemplos de textiles prehispánicos. La mayoría son fragmentos de unos cuantos centímetros cuadrados, en los cuales el tiempo ha ejercido su acción destructiva, llevándose los colores que seguramente debieron de existir.

Debemos de asumir que la antigua forma indígena prehispánica fue destruida y subsumida para la exitosa implantación del nuevo orden colonial europeo No podemos ni imaginar cuantos textiles fueron quemados junto a las pertenencias idolátricas de los condenados a la hoguera, o cuantos fueron destrozados por los conquistadores para arrancarles el hilo de oro, pero debido al rápido cambio en la vestimenta en tiempos coloniales hemos de suponer que esta destrucción fue muy exitosa. Los últimos registros de algún tipo de vestidos prehispánicos en celebraciones en tiempos de la colonia datan aproximadamente de 1550.

Esta aniquilación sistemática de personas y bienes culturales incluyó también a los muertos. En la zona andina las huacas, las momias ancestrales sagradas, ardieron junto a los tocapus que las vestían. Este tan exitoso proyecto de destrucción colonial, esta pérdida del conocimiento del significado, quizá jeroglífico, quizá nemotécnico de los patrones en los tocapus, fue tan grande que hoy en día los investigadores apenas están atreviéndose a proponer posibles soluciones para el desciframiento de los tocapus prehispánicos que aún se conservan.

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Tocapu andino

De manera más dramática ardieron los quipús, verdaderos libros textiles andinos. El más catastrófico y etnocida de estos acontecimientos, sólo equiparable al auto de fé de Maní, Yucatán, fue la quema de 1583, en donde en una sola noche una cantidad incalculable, quizá toneladas de quipús, se perdieron para siempre. Las historias de miles de pueblos reducidas a cenizas. De la misma manera que sucedió con los tocapus, esta destrucción fue tan grande que aunque conservemos algunos de estos «libros textiles» su contenido nos es indescifrable.

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Quipú andino, un verdadero libro textil

De una forma extraña y absurda ciertos aspectos que remontan su origen prehispánico fueron potenciados por la colonia española. Todavía hoy puede encontrarse lugares donde los tejidos de lana hecho en el telar europeos de pedal se mantienen vivo, tal es el caso de Teotitlán del Valle. Aunque hoy existe una recuperación de los patrones prehispánicos, que son preferidos por los turistas, este se debe a un ejercicio de reivindicación moderna y no a una herencia que sobrevivió en la tradición. A pesar de esto el esfuerzo por teñir con azul de Añil o con grana Cochinilla sí que es un excepcional caso de como una tecnología y un conocimiento prehispánico sobrevivió y se traslado hasta nuestros días.

Pero esta supervivencia no se debió a que sabios indígenas ocultaron por cientos de años el conocimiento ancestral, protegiéndolos de las hogueras de la inquisición. Si estos colorantes sobrevivieron fue por que su producción fue subsumida al orden colonial al convertirse en una mercancía valiosa y su característica prehispánica fue enajenada en favor del orden colonial.

Regiones enteras que hoy forman países como El Salvador fueron convertidos durante la colonia en factorías de azul de Añil. Todo un país entero dedicado a la producción de tinte. La importancia de la grana cochinilla también convirtió a Oaxaca en una constelación de haciendas que, trabajo esclavo mediante, extraían el tinte para el beneficio mercantil de la Corona Española. Cuando se descubrieron las anilinas y otros colorantes sintéticos esta producción tradicional fue aplastada por el mercado, reduciéndose hasta casi desaparecer.

Situaciones complejas de este estilo, propiciadas por el capitalismo y la colonización, continuaron hasta el siglo XX en lugares como Yucatán, en donde una materia prima originaria, el ixtle, era trabajada en tierras mayas, por manos mayas, para producir textiles que los mayas ya conocían antes de la conquista. Miles de indígenas mayas murieron en las haciendas henequeneras, condenados a preservar mediante su sacrificio y explotación un textil de origen prehispánico, con el que se amarraban todas las cosas en el mundo, que se embarcaba en el puerto de Progreso para goce y disfrute del comercio mundial, eso así, antes que llegaran los compuestos sintéticos de petroleo y destrozaran la industria henequenera.

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En México Bárbaro es descrito el extermino de Mayas y Yaquis en las haciendas henequeneras en Yucatán

Cuando observo un textil indígena difícilmente puedo reconocer en él una herencia prehispánica. Hacerlo sería estar en complicidad con la tremenda destrucción cultural y humana de estas tierras, sería cometer un doble asesinato. Afirmar de manera acrítica que en estos textiles hay supervivencias prehispánicas me parece un acto casi criminal. No estoy queriendo decir, de ninguna manera, que los textiles indígenas modernos no sean valiosos, ni menos hermosos, estoy situándolos en su historicidad particular.

¿Qué hay de prehispánico en un velo de virgen que cubre la cabeza de las indígenas? ¿Qué hay de prehispánico en un águila bicéfala que es símbolo de la alianza hispano-india? ¿De que dios son los ojos bordados en los textiles chiapanecos?

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Huipil Chiapaneco con bordado “Ojo de Dios”. Fuente: Etsy, IrokoVintage

Pocos saben que a partir de la imagen “tradicional” de un indígena con vestido con calzón de manta y usando paliacate puede contarse, además de nuestra propia colonización, la historia de la subsunción capitalista contemporánea.

Existía en la zona hoy conocida como Paquistán e India un patrón tradicional que se estampaba en las telas de forma manual. Esta figura fue tremendamente popular entre los colonos ingleses de la región. El nombre con el que se conoce a este diseño, Paisley, un pueblo de Escocia, poco tiene que ver con su origen persa. Este diseño gustó tanto que fue llevado a Inglaterra en donde fue reproducido en escalas industriales por las recién creadas hiladoras automatizadas.

La ganancia que estas nuevas máquinas daban a los burgueses no tenían comparación con los anteriores métodos manuales. Por primera vez en la historia para obtener una mayor ganancia los burgueses no tenían que contratar más empleados o hacerlos trabajar por más horas, sino que tenían que aumentar la eficiencia de unos cuantos trabajadores haciendo las mejoras técnicas pertinentes. De esta manera podían producirse mercancías muy baratas a proporciones enormes. Y de esta manera los capitalistas ingleses destrozaron las economías artesanales en India y Paquistán, vendiéndoles telas con patrones Paisley, fabricadas de manera industrial, teñidas con tintes sintéticos, más baratos y con más colores que los naturales, a precios increíblemente bajos.

Como luego de la Independencia las antiguas colonias españolas tenían ya libertad de comerciar, las telas inglesas también inundaron los mercados americanos. Rápidamente la manta industrial de algodón, conocida como “cabeza de indio”, importada de Inglaterra y más barata fue la preferida para confeccionar las ropas de los indígenas. Los paisley, los colores sintéticos, las telas industriales inglesas fueron llamados aquí paliacate, una curiosa mezcla de nahuatl y español, compuesta de la contracción “para la” y “yacatl” “nariz”, para la nariz, palyacatl, paliacate. Uno de los textiles más “tradicionales” de los mexicanos, usado tanto por los indígenas que hasta le pusieron un nombre, es en realidad un fragmento de la historia imperialista británica en sus posiciones coloniales en Asia. En el paliacate está pues la historia del capitalismo mundial.

Los ejemplos podrían seguir y seguir; los botones no existían; las agujas en realidad eran muy escasas y sólo existieron hasta fechas muy cercanas a la conquista española, es por esto que los textiles indígenas “más tradicionales” prefieren técnicas que no requieren bordado, como el telar de cintura. Dicho de otra manera no hay nada de prehispánico en un bordado con aguja. En el Istmo de Tehuantepec las máquinas de coser Singer se pusieron tan de moda que hoy no se conciben los “tradicionales” trajes istmeños sin los encajes europeos o los acabados hechos en máquinas muy antiguas conservadas celosamente por sus dueñas. No hay nada de prehispánico en eso.

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Elena Poniatowska de Tehuana

Los textiles indígenas contemporáneos deberían ser valorados por lo que son y por su historia, no por conservar una supuesta esencia prehispánica, esto oculta un escencialismo racista en el cual los indígenas son seres “tradicionales”, “premodernos”, que deben “conservarse puros” o perder su indianidad. Hay aún gente racista e ignorante que se pregunta si un indígena deja de serlo si usa celular o si usa pantalones de mezclilla. Es la misma premisa, presentada desde el paternalismo o desde el desprecio.

Los pueblos indígenas ni pidieron ni merecen ser observados con ese romanticismo idealista. Por su puesto que hay muchos charlatanes que están dispuestos a venderles a los escencialistas lo que quieren escuchar.

Hace no mucho visitamos un taller de alebrijes en Tilcajete, en el cual se nos mintió diciendo que los patrones dibujados sobre los alebrijes eran “escritura zapoteca” y seguían mintiéndonos explicándonos el supuesto significado de cada figura que, según insinuaban, habían recuperado de fuentes ancestrales. Por supuesto que no todos los alebrijeros de Tilcajete son mentirosos y rufianes, en realidad sólo es un taller que ya es muy conocido por esas prácticas tan cuestionables. Sobra decir que la no descifrada escritura zapoteca no tiene nada que ver con los supuestos diseños prehispánicos pintados por estos charlatanes, entre los cuales se hallaba un supuesto patrón textil portado por los “sacerdotes zapotecos” que representaba la sabiduría. Sobra decir que el trabajo de tallado en madera y pintura de estos alebrijes es verdaderamente hermoso, pero el valor añadido de cientos de dólares que les dan al venderlos como una mentira en un acto detestable.

Aunque no hay nada de prehispánico en el paliacate que cubre el rostro de un indígena maya o en el pasamontañas de nylon industrial de una base de apoyo zapatista no es ahí donde debiéramos orientar nuestra mirada. Los zapatistas, lo han dicho muchas veces, se cubren el rostro para mostrar el corazón.

Queda clarísimo que no hay nada de prehispánico en las ropas café y verde olivo de una insurgente zapatista. Ellos mismos han señalado que son “el producto de 500 años de historia”. Cuando en 1994 el presidente Salinas “ofreciera el perdón” a los alzados, los zapatistas respondieron de una manera contundente “¿De qué nos van a perdonar? … ¿De haber llevado fusiles al combate, en lugar de arcos y flechas?”. 

Lo quemado en las hogueras se perdió, quizá, para siempre. El pasado no va a regresar, pero eso no quiere decir que podamos hacer investigaciones serias, profesionales, científicas, para tratar de entender qué pasó y qué era el mundo prehispánico, aunque la respuesta a esa pregunta pase por 500 años de asesinatos y genocidios, y prefiramos dormir con inventos el dolor de la destrucción.

Tampoco quiere decir no podamos hacer reivindicaciones de lo que sí conocemos y de lo que sí tenemos. Rubén Bonifaz Nuño, en su libro Hombres y Serpientes, lo aclara con profesionalismo: No eran los llamados olmecas personas que conservaran un culto al jaguar, eran hombres serpientes, la iconografía así lo demuestra. La dualidad presente desde el preclásico, desde las primeras etapas de nuestra matriz civilizatoria, permaneció por miles de años en forma de una serpiente doble: Las orejeras de Tlaloc son los cuerpos enroscados de las víboras, sus colmillos cuádruples son las dos mandíbulas confrontadas de los reptiles. Hay serpientes por todos lados en la iconografía prehispánica.

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La llamada diosa Coatlicue

Podemos fácilmente imaginar el espanto de un supersticioso fraile español al contemplar a la llamada diosa Coatlicue. El monumento monolítico con sus proporciones grandes y pesadas debió de horrorizarlo y erizarle la piel; la falda de serpientes, el rostro doble con su lengua y sus escamas debieron confirmarle que estaba en tierras diabólicas, el nulo pudor de su pecho desnudo lo terminó de convencer del pecado en el que vivían los habitantes de estas tierras.

Desde ese momento, desde la concepción cristiana del mundo, ya no fue el símbolo sagrado de milenios de antigüedad. Los pechos fueron cubiertos, las serpientes satanizadas, los antiguos libros quemados y las antiguas ropas ocultadas con vergüenza.

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El Símbolo del Congreso Nacional Indígena

La doble serpiente es hoy día el símbolo del Congreso Nacional Indígena, sea quizá esta la muestra más clara que otro mundo, un mundo que ha estado resistiendo durante 500 años, está por nacer.

Cuicuilco

25 de marzo de 2017

P.D. Adjunto aquí para quien lo requiera una entrevista hecha a Rubén Bonifaz. Aun siendo breve, sintetiza muy bien su planteamiento histórico.

http://www.loshijosdelamalinche.com/literatura/rub%C3%A9n-bonifaz-nu%C3%B1o-entrevistado-por-marco-antonio-campos

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